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martes, 8 de septiembre de 2015

LA CATEDRAL DE SAL. Una catedral bajo tierra


Muy cerca de Bogotá existe una catedral única en el mundo, excavada bajo tierra en lo que fue una mina de sal. Un laberinto de 8500 metros de socavones, cámaras intermedias, nichos y altares, donde los pisos, techos y paredes fueron cinceladas sobre sedimentos de sal.

“Una cosa es levantar una catedral en las escarpadas alturas de una montaña, como acercándose al cielo, y otra cosa es levantarla en los subsuelos oscuros donde habitan los demonios.” Así describió el poeta paraguayo Elvio Romero a la Catedral de Zipaquirá, en un encuentro de poesía realizado unos años atrás en la atmósfera misteriosa de este lugar, entre estalagmitas y estalactitas que brotan a 180 metros de profundidad.
Cada año pasan por Zipaquirá unos 300 mil peregrinos que llegan de todo el país a esta localidad del departamento de Cundinamarca, a una hora de Bogotá. Conviene llegar temprano para sentir en soledad el silencio penumbroso de esta rareza como no existe otra en ningún otro lugar del mundo. Y hay algo que debe quedar en claro de antemano: a pesar de que a simple vista todo parece de piedra, tanto los techos, pisos y paredes, como las columnas, las cruces y hasta una virgen, están tallados en sal. Todo es de color oscuro en lugar de blanco –porque la sal no es pura–, salvo en algunos sectores donde las filtraciones de agua limpian y cristalizan la sal, que parece entonces brotar de las paredes como si fuese nieve.





Se entra por un largo túnel parecido a un catafalco y se va avanzando en la oscuridad, un poco a tientas, pero sin peligro, a lo largo de las catorce estaciones de un Vía Crucis donde en verdad no hay imágenes del suplicio más famoso de la historia sino simples cruces muy gruesas talladas en sal. De repente, el paseo desemboca en una gran nave central cuyas proporciones impresionan por su mera descomunalidad. Un sutil juego de luces tenues subraya lo importante: la cúpula de donde brotan estalactitas como lágrimas colgantes; una gran cruz de 16 metros en bajorrelieve sobre la pared; un altar mayor tallado en un solo bloque de sal; la infaltable Piedad, y una enorme columna circular que parece de cemento, pero también es de sal. En este lugar se respira un leve aroma a azufre y corre un agradable frescor matizado por los murmullos del agua que se filtra entre las grietas desde las profundidades de la tierra. En una cámara circular junto a un confesionario, el eco de las palabras retumba hasta lo increíble, y muchos aprovechan el fenómeno y la intimidad para cantar en libertad.

LA MONTAÑA MAGICA La Catedral de Zipaquirá fue inaugurada el 16 de diciembre de 1995, en reemplazo de otra similar, pero más pequeña. La vieja catedral –ubicada en las cercanías de la actual– estaba sucumbiendo al avance de las grietas y a la inestabilidad de sus paredes, como consecuencia de una mala planificación. Pero la nueva catedral tiene en cambio unos cimientos muy firmes y está en el interior de una montaña donde existió una mina de sal. Para construirla se extrajo de los socavones una incontable cantidad de toneladas de sal, dejando un espacio vacío de 8500 metros de longitud donde se construyó la catedral, todo a fuerza de dinamita, pico y pala.
La catedral está dividida en tres partes. Primero está el Vía Crucis y luego el coro con el nártex, conformando un complejo laberinto. Y por último están las tres naves. En su interior caben 3500 personas y para su construcción se gastaron 4 millones de dólares.






LA LEYENDA DE LA SAL Las salinas de Zipaquirá tienen una existencia milenaria, y fueron explotadas por los indios muiscas que, además del uso práctico, hicieron de la sal su principal medio de intercambio, o sea su moneda. La sal fue el origen de varias guerras entre los distintos pueblos muiscas que se disputaban el dominio absoluto de este bien comercial. Según la leyenda indígena, la sal fue descubierta por un niño muisca que jugaba con sus amigos en los alrededores de las minas y tuvo un tropiezo. Al caer golpeó su boca contra un trozo de piedra con extraño sabor y llevó una muestra a sus mayores, que descubrieron en ella un condimento ideal para sus alimentos y un medicamento efectivo para ciertos males. Los indígenas pronto aprendieron a transformar la sal vijúa –o primitiva– en sal de consumo y en sal compactada. Siglos más tarde, el barón Alexander von Humboldt visitó las minas de sal de Zipaquirá y aconsejó una explotación comercial, dando origen a la apertura de la primera galería. Hoy en día, tanto las minas como la catedral están consagradas a la Virgen Nuestra Señora del Rosario de Guasá, conocida también como la Virgen Morenita en homenaje al segundo apellido de su escultor, Daniel Rodríguez Moreno, un devoto minero que hacia 1920 moldeó una terracota policromada con esta imagen.







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