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miércoles, 1 de abril de 2015

EL CASTILLO SAN FELIPE DE BARAJAS. Guardián de Cartagena de Indias.


El Castillo San Felipe de Barajas, que evoca con sus muros imponentes el fragor de sangrientas batallas, era el guardián de Cartagena de Indias por la puerta de la “Media Luna”, el único acceso a la ciudad desde el continente.
La fortaleza más antigua, que corona el originalmente llamado “Cerro de San Lázaro”, es un bonete para 8 piezas de artillería, 20 soldados y 4 artilleros, construido entre 1656 y 1657 por orden del gobernador de la ciudad Don Pedro Zapata de Mendoza, con planos del ingeniero holandés Ricardo Carr y la dirección del maestro mayor Gaspar Mejia. la obra tuvo un costo de 13.235 pesos de oro, pagados en 2/3 partes por los vecinos de cartagena.
La fortificación completa del cerro, que convirtió a San Felipe de Barajas en una enorme mole de piedra con 63 cañones, fue terminada en 1798 por el ingeniero militar Antonio de Arévalo, luego de 36 años de duro trabajo.
con un costo total invaluable en dinero y vidas de esclavos africanos, el castillo es una de las obras más grandes realizadas en América durante el periodo colonial español.





Construido en 1657 por iniciativa de don Pedro de Zapata, gobernador de Cartagena, el fuerte o “Castillo” de San Felipe se asentó solitario sobre la cima del Cerro de San Lázaro. La estratégica posición que dominaba la Puerta de Tierra o Puerta de la Media Luna, único acceso a la ciudad desde el continente, había preocupado largamente a los estrategas a cargo de la defensa de la plaza.
El pequeño fuerte de campaña de San Lázaro, clave para la defensa de Cartagena, sufrió pocas modificaciones hasta 1762. Es de esta época que data el formidable complejo defensivo actual, obra de ingeniería militar sin par en América y que consagran el genio de su constructor Antonio de Arévalo.
Urgido por la amenaza inglesa contra Cartagena, el análisis de Arévalo lo llevó inexorablemente al Cerro como el punto neurálgico para la protección de la plaza. Esta intuición lo empuja a cubrirlo, partiendo del viejo “bonete” de 1657, con un complejo de baterías colaterales cada una perfectamente adaptada a la topografía y que cubrían, entrelazadas, un sector específico del terreno circundante.
Las baterías de la Redención, El Hornabeque, San Carlos y los Doce Apóstoles por el norte y San Lázaro por el sur quedaron cortadas sobre el lomo del cerro en solo siete meses, listas para atender a cualquier emergencia. Entre angustias y limitaciones presupuestales, Arévalo continúo sin embargo, durante siete años más tallando las piedras que hoy cubren el cerro y horadando las galerías contraminas cuya perfecta acústica asombra a los visitantes. Nada en San Felipe es superfluo. Todo obedece a un fin militar específico y ello no incluye túneles que comuniquen con la Catedral conseguido al menor costo posible. 






Aunque por montar más de 50 cañones de una gran agilidad táctica, el “Castillo” inspiró siempre respeto nunca más volvió a ser atacado, no todos los expertos estuvieron de acuerdo sobre su valor militar. Su forma no correspondía a la traza geométrica clásica que enseñaban los manuales de ingeniería y más de un superior e Arévalo propuso seriamente, o arrasarlo, desapareciendo fuerte y cerro del panorama cartagenero, o construir sobre el actual un nuevo fuerte más acorde con las nociones clásicas de la arquitectura militar de la época. Afortunadamente, a San Felipe lo salvó el presupuesto; nunca fue posible justificar ante la Junta de Guerra en España el enorme costo de tales propuestas y el fuerte sobrevivió en burocrática tranquilidad.