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sábado, 14 de marzo de 2015

SAMARCANDA. La ciudad de las mil y una noche.


Hay muchos nombres en el mundo que inconscientemente nos guían al mundo de los sueños, y al escucharlos o leer sobre ellos impactan al instante en nuestra mente, pero si hay un sustantivo que atrae nuestra imaginación sobre el resto, ese es Samarcanda. Parece emerger de la tierra de los príncipes y princesas, de los bailes y el placer, por donde pararían todo tipo de culturas y religiones en un continuo desfile de fabulosas historias viajando en caravana.
Actualmente Samarcanda es la segunda ciudad más grande de Uzbekistán, con casi 500.000 habitantes, sólo por detrás de Taskent, la capital. Con más de 27 siglos de antigüedad, en el año 2001 la UNESCO la declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad y no es de extrañar, pues si por algo es conocida esta ciudad de los cuentos de “Las Mil y una Noches”, es por la famosa plaza de Registán, donde se alzan tres imponentes madrazas: la de Ulug Bek al Oeste, con un enorme mosaico inspirado en temas astronómicos, la madraza Sherdar al Este, a imagen y semejanza de la anterior, pero con el emblema en el tímpano de la pantera de las nieves simbolizando el poder y la fuerza de Samarcanda, y por último situada de frente, la madraza Tilla-Kari. Ideada en principio como una mezquita que también sirviera de madraza, fue la última en erigirse en el año 1660, y su nombre significa “cubierta de oro”, debido a la riqueza de los dorados utilizados en su cúpula, muros y minarete.






La mezquita Bibi Khanum es otro ejemplo de la grandiosidad y el poder de Tamerlán. Construida para ser la más grande de todo el imperio, en ella participaron los mejores artistas y arquitectos, e incluso se utilizaron elefantes para ayudar en el transporte de los materiales. Cinco años hicieron falta para finalizar esta gran obra, pero fue derribada por el Kan timur poco antes de ser terminada, porque no alcanzaba las grandiosas proporciones que él deseaba. Siguiendo los deseos del Kan los minaretes del portón principal llegaron a alcanzar los 50 metros. Esta soberbia altura y la rapidez en su construcción conllevó que la mezquita sufriera varios derrumbamientos a lo largo del tiempo, y que hoy sólo sea un destello de lo que fue.




Otra de las visitas imprescindibles es la necrópolis Shah-i-Zinda, construida sobre la ladera de la colina Afrasiab, denominada así por el fundador de Samarcanda, y donde dicen está enterrado Qusam ibn Abbas, un primo del profeta Mahoma. Durante el imperio de Tamerlán construyeron aquí más de veinte mausoleos, en los que descansan las tumbas de varias personas de su familia y algunos de sus generales. Sin embargo, si por algo destaca este complejo es por los azulejos de cerámica mayólica en colores azules y turquesas que adornan los monumentos en forma de cenefas y dibujos geométricos de una belleza sin igual. Para ver la tumba del gran Tamerlán hay que desplazarse hasta el mausoleo Gur-Emir, precursor del renacer de un nuevo estilo arquitectónico en Asia Central con grandes portones, altas cúpulas azules y la cerámica mayólica.





Merece la pena acercarse hasta el recién restaurado Observatorio de Ulug Bek, nieto de Tamerlán y también gobernador, que construyó en el año 1420 debido al interés que le suscitaban los temas astronómicos. El observatorio se hizo famoso gracias al libro escrito por Ulug bek titulado Zidj y que contiene introducciones teóricas y un catálogo de 1.018 estrellas, así como por el inmenso sextante astronómico que utilizó para medir las posiciones de las estrellas con una precisión asombrosa. También se puede visitar la mezquita Khazret Khyzr, el mausoleo de San Daniel, el de Rukhabad, el museo histórico de Afrosiab…








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