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lunes, 17 de marzo de 2014

EL PÚLPITO. El mirador más vertiginoso de los fiordos noruegos.


La roca está situada a 600 metros por encima del fiordo Lysefjorden, uno de los paisajes más fascinantes del norte de Europa

Vértigo. Esa es la palabra que mejor define la costa noruega, probablemente el lugar del mundo donde el diálogo entre la tierra y el mar es más fascinante. Vértigo en Trollstigen, la Escalera de los Trolls, una serpiente de asfalto rodeada de montañas que forma parte de la Ruta Dorada, ese derrotero que partiendo de Åndalsnes contiene, como en un pildorazo, algunas de las grandes atracciones del litoral: el fiordo de Geiranger, Valldal, Eidsdal, Hellesylt, el mirador de Flydalsjuvet, el monte Dalsnibba... Y por supuesto, vértigo en El Púlpito, la roca gigantesca en la que ha perdido la vida un turista español.
El Preikestolen (El Púlpito) es un mirador natural, de unos 25 por 25 metros, situado a 600 metros sobre las aguas turquesa del Lysefjorden. Pocos visitantes de Stavanger se resisten a realizar esta caminata de cuatro a cinco horas (entre ida y vuelta), apta para todos los públicos con un mínimo de forma física, para disfrutar de las vistas. El problema es que la fascinación puede jugarnos una mala pasada si no actuamos con la debida prudencia. En esa gigantesca plataforma pétrea no hay vallas que nos separen del abismo, y es habitual ver a los turistas sentados o tumbados en el borde para captar las imágenes más espectaculares.





Otro de estos lugares mágicos (y peligrosos) es la roca Kjerag, un peñasco encajonado entre paredes y con vistas, también, al majestuoso Lysefjorden. La roca se encuentra a 1.000 metros sobre el fiordo, y saltar hacia ella para hacerse una instantánea es casi un acto de fe que sube las pulsaciones al nivel de una taquicardia.
En la costa de Noruega hay muchos otros miradores de este tipo. Por ejemplo, Trolltunga, en Hardanger, una estrecha plataforma que se sostiene milagrosamente a 350 metros por encima de Ringedalsvatnet. La foto, bajo estas líneas, habla por sí misma.




Los fiordos, valles excavados por glaciares y colonizados por el mar, proponen un tipo de viaje diferente, con rodeos y altibajos, sin margen para el aburrimiento o las prisas. Para el visitante primerizo supondrán un bello obstáculo a primera vista, cuando en realidad el agua también hace camino. El cruce en ferry a la otra orilla proporciona un rato de asueto para tomar un café y relajarse en cubierta mientras contemplamos el paisaje. Tras el ferry vendrá un pueblo pintoresco, una carretera sinuosa, una antigua iglesia de madera que ha flotado en el tiempo... y otro fiordo.